martes, junio 20, 2006

Año XXVII

El hombre llegó a vivir veintisiete años en aquel mundo maravilloso, donde la mayoría del tiempo la pasaría bien y conocería más de lo que pudiese recordar su frágil memoria ansiosa.

En aquellos veintisiete años, querría experimentar lo experimentable y lo que no. Buscando y viajando, esperando y quedándose también. De a poco desarrolló su fórmula magistral para la vida eterna y la felicidad absoluta, ambas inútiles hasta la fecha.

Cada 20 de junio, los muchos le dirían: hola, los pocos: feliz cumpleaños y él mismo: de nuevo. Hoy es ese día y sucederá lo mismo.

El hombre notó que con el tiempo hay mas felices cumpleaños que regalos, es un hombre ambicioso en ese sentido.

El hombre que vive recuerda y trata de buscar en cualquier lado donde está el cambio, en la noche anterior su cuerpo y su alma deberían haber mutado a una nueva forma más vieja y madura, pero él no puede encontrar lo nuevo, aún. No se imagina decrépito. No se imagina maduro.

El hombre de veintisiete años de edad piensa en un viñedo antiguo y enroscado mientras el que escribe copia esto. Piense en eso también el lector, aunque en realidad no tenga sentido alguno.

El hombre se fué a almorzar.

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